Al poder de las madres y los padres

En un verdadero ensayo del escritor Carlos Fuentes, titulado “Kafka no va a la playa”, y a propósito de la novela El daño de Sealtiel Alatriste, la madre de Kafka aparece retratada en relación a su hijo como «una presencia piadosa y un influjo de misericordia que consiste en callar para que el hijo hable».

Kafka debía a su madre no sólo la lengua materna, aquello que le permite nombrar, decir, hablar, leer y llegar a escribir; le debía algo más. Según las palabras de Carlos Fuentes, su deuda de gratitud histórica tiene su origen en esa presencia materna que constituye su primer Otro con mayúscula: alguien con quien contar, alguien que, cumpliendo su función de escucha, crea la posibilidad de hablar, de decir, de nombrar. Se trata de una presencia silenciosa y de una de las más altas presencias que acompañan y son patrimonio de los seres humanos, pues, en última instancia, uno vive y dice sus verdades sólo si tiene cierta certeza de ser escuchado, acogido, acompañado. Si no, esas verdades se pierden para siempre. Seguramente esa madre, como tantas otras, supo dejar lugar a esa otra que ahora «calla para que el hijo hable». La nobleza materna no tiene límites; la historia continúa, y otras madres se crearán en el curso de la vida.  

En el mismo ensayo, más adelante dice Carlos Fuentes:  

«Si Franz Kafka le dio un rostro a los horrores del poder en el siglo XX, es posible que también sea el profeta del poder en el siglo XXI. Aquél se hizo visible, demasiado visible, en el Auschwitz de Hitler y en el Gulag de Stalin. Hoy, el poder ha aprendido las maneras de hacerse invisible, contando, más que nunca, con que la propia víctima le otorgue fuerza al poder».

Quizás, padres y madres solemos, por herencia, tener en cuenta esta profecía sobre el poder que hace Carlos Fuentes. En nuestro país, y en muchas partes del mundo, el castigo era la forma privilegiada de educar a los hijos y las hijas. Este método educativo tiene un previsible efecto colateral: una vez dicha la ley, quedan establecidos los caminos de la trampa. Al sometimiento por miedo al castigo sobreviene, como consecuencia lógica, la rebelión o, mejor dicho, la iracundia. Se trata de un modo de educar amenazadoramente visible y audible erigido sobre la pretensión de adoctrinar e instruir.  

Gracias a la promoción cultural, ha dejado de valorarse el castigo corrector y ejemplificador y se ha abierto la posibilidad de otros caminos; entre ellos, y privilegiadamente, aquel al que alude la cita de la madre de Kafka. Esta cita proporciona una fórmula eficaz para evitar cualquier acción precipitada que promocione inexorablemente la infelicidad. Se trata de la difícil –o, mejor, no facilitada– fórmula de «callar para…» que se manifiesten las verdades de los hijos y las hijas. Afrontar el mundo haciendo buena sociedad con la familia y con un@ mism@ es contar con una logística solvente que prepara para cualquier sorpresa que la sociedad –a la que deben ingresar, pertenecer y actuar– les depare.

La madre de Kafka estaba preparada para esa difícil presencia de su hijo en el momento en que decía sus verdades. Preparada quiere decir que cuenta con recursos para afrontar aquello para lo que no está preparada. Cuando alguien dice una verdad singular, la escucha siempre es una primera audición, y la única referencia está en el que habla, en su historia, en sus experiencias; por lo tanto, son decires nunca antes dichos a nadie, y por lo tanto tampoco escuchados. En este sentido, el oyente verdaderamente carece de respuestas. Si creyera tenerlas, sólo servirían para acallar las verdades, y, además, no cumplirían con su intención de eliminar la angustia que esa ignorancia despierta en el oyente.

La lectura del ensayo de Carlos Fuentes nos inspiró la única intención de proponer herramientas para evitar que vuelvan a aparecer los efectos de un poder sometedor: efectos que se traducen en crear seres sometidos, temerosos y complacientes que ocultan su iracundia –forma estéril de rebelión–. Esta iracundia aparece, en el contexto de este tipo de poder, como la única conducta disidente posible, si bien no es más que mera descarga sufriente dirigida hacia el propio cuerpo o hacia los otros. Con la cólera se formula una especie de «yo también tengo algo que decir», aunque este hacer y decir son estériles y no llegan nunca a alterar la fuerza del poder parental que somete.

Hacerse responsable de lo que uno escucha es saber responder por ello: la madre de Kafka calla para seguir escuchando, como respuesta a las verdades del hijo. Esta experiencia verdaderamente educadora o formativa es lo que permite al Kafka de Fuentes colarse con sus libros en las playas y «provocar un eclipse solar y una marejada que convierta los hoteles en castillos de arena… y a los bañistas en escarabajos».

Armando Ingala
Madrid, 2020
(Durante la pandemia)

Algunas reflexiones sobre la reclusión (Jactancia de quietud)

Escrituras de luz embisten la sombra, más prodigiosas que meteoros.
La alta ciudad inconocible arrecia sobre el campo.
Seguro de mi vida y de mi muerte, miro los ambiciosos y quisiera entenderlos.
Su día es ávido como el lazo en el aire.
Su noche es tregua de la ira en el hierro, pronto en acometer.
Hablan de humanidad.
   Mi humanidad está en sentir que somos voces de una misma penuria.
Hablan de patria.
Mi patria es un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada, la oración evidente del sauzal en los atardeceres.                             
    El tiempo está viviéndome.
Más silencioso que mi sombra, cruzo el tropel de su levantada codicia.
Ellos son imprescindibles, únicos, merecedores del mañana.
   Mi nombre es alguien y cualquiera.
   Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar.

J. L. Borges, “Jactancia de quietud” (el destacado de los versos es mío)

***

Lo dedico… “a quienes, como él, son capaces de escuchar a los demás sin por ello dejar de oírse a sí mismos” (J. Llamazares)

Compartiendo con amigos y amigas los diferentes momentos que íbamos viviendo estos días de reclusión, nos preguntábamos si después de toda esta experiencia colectiva algo iría a cambiar, sobre todo en cuanto a las relaciones sociales, y, en cualquier caso, cuáles serían la condiciones para que ocurra alguna transformación en las relaciones cotidianas.

El exergo de Llamazares expresa sintéticamente las conclusiones a las que hemos arribado provisionalmente.

En ocasiones irrumpen pensamientos acerca de lo incierto de mañana, de lo indecible del futuro inmediato. Suelen acompañarse de una importante conmoción angustiosa que se experimenta como sin fin, ya que no surgen datos que permitan llegar a un aserto medianamente verosímil como para pensar sobre él posibles acciones futuras.

Lo más humano de esta tentativa es la necesidad de hablar con otros, compartir la incertidumbre como intento de acotar el infinito estéril que tiende a contaminarlo todo, una melancolía sin materia que soporte una reflexión.

En otros momentos se hace evidente lo que nos falta, lo postergado, lo que hemos perdido; decimos “provisionalmente” como consuelo, pero… Se mezcla con sentimientos de una dulce y dolorosa nostalgia por algunos personajes y personajitos con los que no perdemos el contacto a distancia, y que seguro volverán a estar en cuerpo y alma. Aquí, el echar de menos es, sin duda, el testimonio del amor que da sentido a la vida por encima de todo lo demás. Los recuerdos de lo que se extraña se comparten, se pueden hacer proyectos con certeza, con sentimiento. Las palabras cobran casi el valor de poemas épicos. Todo ello es compartido.

Oscilan los pensamientos desde el futuro al pasado, y del pasado al futuro, del incierto porvenir a la ansiedad por las pérdidas posibles; desde aquello que puede que tengamos en el futuro a los vínculos que persisten, aunque sin todo el cuerpo.

Pero hay otros momentos en los que no se trata de pasado ni de futuro, sino de un ahora, un presente sin materia aún. Se trata de un ahora que no tiene todavía texto, que no es tristeza, que puede ser melancolía, pero de la que se esperan cosas, ideas. Es una preciosa soledad, que decía María Zambrano, de difícil aparición en lo de todos los días ¿por la velocidad de la vida?, ¿por infrecuente?, ¿por la fugaz confrontación con la verdad, con uno? Este encuentro con uno mismo se presiente a menudo, pero no termina de hacerse presente, debido fundamentalmente a un déficit de atención que suele acompañarnos estos últimos años.

Dice Borges: El tiempo está viviéndome

No puedo diferenciar el pre-sentimiento que en este momento me confronta conmigo mismo, y que aún no es sentimiento, del sentimiento de aburrimiento, o verdadera angustia. Lo acepto y me recuerda la necesidad de soledad, que experimento a menudo, pero donde no siempre acude el recurso de crear el espacio-tiempo que permitiría que la angustia, como fértil presentimiento, dé lugar a que algo nuevo pueda (o no) producirse. Que dicho presentimiento se transforme en sentimiento del presente, en experiencia del ya, del ahora, y que se transforme en fecunda angustia, depende de que se establezcan algunas condiciones. Una de ellas la encontramos en el momento actual, en lo que llamamos “reclusión”, pues nos liga espontáneamente y sin buscarlo a la realidad del silencio, de la soledad.

¿Cómo definir el presente? Después de Jorge Manrique y las Coplas a la muerte de su padre, sobre todo la segunda estrofa, nos corresponde a nosotros actualizar qué es el presente, o, por lo menos, a qué llamamos presente.  Lo que caracteriza al presente en tanto que tal, en tanto que presente, es su carácter de efímero, inatrapable por el sentido común (que sólo distingue lo ya visto, o lo ya vivido). Cierto es que una vez representado, narradas las ocurrencias del presente, ya es pasado. Como queda sugerido, el presente sólo tiene ocurrencias, no razones. Por lo tanto, el presente, en tanto que tal, será una secesión vertiginosa de instantes. Esta dimensión temporal del presente fue descrita por Octavio Paz, que inspiró a su amigo Pere Gimferrer a escribir un libro dedicado a este sustantivo, “el instante”. Esta dimensión le sirvió a Paz para definir la poesía -si ésta pudiera definirse- como el intento de detener el instante, dar testimonio de él, lo cual sólo se logra cuando la inspiración que revela ese instante se transforma en texto poético, en filosofía sobre la vida, en historia en palabras en la que el protagonista debe incluir tácita o metafóricamente al sí mismo (no confundir con Yo, por favor). Lo que inspire el instante será de ese instante; la sucesión traerá otros que, mediando la fortuna o la suerte, se logrará atrapar y describir.

El encuentro, la fortuna de atrapar un instante, depende de una serena atención singular que sólo ocurre en el interior del silencio. Ocasionalmente el encuentro con la realidad íntima, instantánea, se revela como si alguien -que será uno mismo- fuera descubriendo, en una subespecie de actividad comprensiva, algo novedoso, verdadero, que conmueve y asombra por su capacidad autorreflexiva. Se trata de un verdadero acontecimiento que es necesario compartir con alguien de mucha confianza, alguien que sepa cuidar esta experiencia original. Es un real acto de caída de velos que generalmente ocultan la realidad íntima con ruidos de dichos y currículos. Es una experiencia auténtica donde uno es protagonista y al mismo tiempo asiste sin esfuerzos, sin propósitos ni consejos, a una suerte de ser hablado por ocurrencias. Se es protagonista y se asiste al mismo tiempo a un tipo de filosofar sobre la vida y la muerte, sobre la existencia y los existentes. Esta experiencia graba en nuestra memoria un verdadero encuentro. Je ne cherche pas. Je trouve. Transmitía Jorge Guillén en su poema Homenaje.

Sé, y no sé cómo lo sé, que, en esta experiencia de cautiverio, algo de esencia de la condición humana nos está tocando a todos, y que basta con detenerse en cualquiera de los instantes para escuchar, de la mano de Jorge Guillén, el carácter melancólico que tiene el sumergirse en esa carencia original, vital, que nos define profundamente.

Por nuestra parte, confirmamos una vez más que la tonalidad depresiva es un momento natural que anuncia buenas nuevas; sólo requiere saber escuchar-se y contar con alguien con quien compartirlo.

Después de la demostración, tesis.

El pasado se puede vivir desde ideas y sentimientos consolidados. Ideas o ideologías y valores, aplicados como guía para dar cuenta de las relaciones de todos los días. El futuro suele pensarse desde algunas ideas, ideologías y valores, quizá también establecidos. De modo que al salir de la experiencia del encierro, es posible que todo se reestablezca con las ideas, ideologías y valores que han dominado nuestra vida hasta ahora. Muy poca filosofía nueva es posible que haga su aparición.

Pero:

Por la experiencia compartida, estamos en condiciones de afirmar que: es el haber vivido, experimentado, escuchado y formulado en palabras originales el instante presente; es en ese instante atrapado, poetizado y compartido, donde apostamos que pueden producirse cambios que lleguen a sorprenderlo a uno mismo, en cuanto a una nueva y sincera valoración de los vínculos de todos los días, tanto con el prójimo, como con el extraño, con el vecino…

Porque:

El presente así vivido implica en sí la destitución de filtros, condicionamientos, ideologías, doctrinas. Es un encuentro que hace explícitas las propias referencias y los valores heredados inconscientes, sedimentados. Es entonces que se piensa desde la propia subjetividad, que sólo emerge en momentos especiales de soledad o en compañías con garantías de intimidad.

Dice Borges: Mi humanidad está en sentir que somos voces de una misma penuria.

A partir de allí, el estilo de cada uno, como síntesis puntual de herencias infinitas, muchas inexploradas, pondrá en evidencia diferencias esenciales, refractarias a cualquier parecido; rebeldes al principio de identidad… A menos que una oscuridad artificial, técnica, gatopardice la radical diferencia entre Uno y Otro. Esta es, concluimos, la condición absoluta para hablar y escuchar, para que el vínculo y el diálogo se realice: estar en condiciones de cuidar la diferencia radical de Uno por el Otro y del Otro por el Uno.

Naturaleza humana o condición humana

La experiencia del psicoanálisis me autoriza a contar, por agradecimiento a mis analistas y a los analizantes, que “Yo lo vi”, yo viví el encuentro entre dos almas gemelas que pueden dialogar, aceptando la gracia de la condición, ley del lenguaje, del vínculo social que cuida al Otro y lo percibe en su condición de cifra, de enigma.  Encuentro entre dos diferencias, entre dos infinitos no definibles más que por su historia, por sus genes culturales y generacionales, por sus experiencias vitales. Y es en el encuentro donde cada uno nombra al otro, en lo actual, con su decir y hacer.

Mi nombre es alguien y cualquiera

De ahí que mi nombre será lo que me nombra en el encuentro. Verificar la presencia solidaria del amigo me nombra a mí como amigo. Alguien cambió el cogito cartesiano “pienso luego soy, luego existo”, por, el soy nombrado, luego, en este instante Soy; en lo referido, Soy amigo. Un instante después, el ser se disuelve para dar lugar a otro… ser.

La experiencia que comparto con amigos me dice que para recibir el nombre, el nuevo ser, es necesario que deje en mí mismo un espacio, un silencio que desaloje mi identidad, mi yo propio, y así recibir la gracia del nombre que escucho, porque me revela que existo en quien me nombra; sólo entonces un pequeño capítulo de mi historia quedará escrita, grabada, y estará a mi disposición como recuerdo o como recurso para otras relaciones.

Madrid, abril de 2020

Adenda:

Ob-ligado a reconocer una deuda con E. Levinas y la lectura De la existencia al existente, donde viene de dar un camino para evadirse de un ser absolutamente impersonal, dotado de una neutralidad inhumana, alienado en fórmulas cosificadas de la razón que lo aprisionan y, pese a ello, las defiende como si se tratase de su propia libertad (Espinosa). Y, entonces, Levinas lo desarrolla: el camino para evadirse del ser razonante es la presencia o el encuentro con el Otro en su infinitud, sin límites, sin medida previa. Sin juicios previos. Encuentro con el Otro al que me comprometo a reconocer, en un intento de acercamiento, y a cuidarlo, en tanto que él tiene la llave que facilitará mi evasión de ese ser impersonal, inhumano.

Hoy día, los aplausos de las 8, ¿no son una metáfora fallida de la necesidad del Otro para evadirme de una enfermedad moral, que es no vivir una vida personal y humana, es decir, con Otros “rostros infinitamente lejanos” de cuyo cuidado depende mi existencia? Y también sentirme vivo.

Reconozco al Otro que me reconoce, luego existo.

Armando Ingala Charlín

Ante la disolución del mundo ―“por mandato”― emerge el reino del poeta

¿Cómo recordar los momentos fundantes, fundamentales, únicos, absolutamente íntimos? Quizá no se recuerden, pero sí puede ser que llegue a recordarse la experiencia del silencio, como momento único de la historia, como aquello que configura el acontecimiento.

Mejor el buen silencio que consigo
Resguarda los minutos sin historia.
Jorge Guillén, Vida extrema

Y la voz va inventando sus verdades,
Última realidad. ¿No hay parecido
De rasgos? Oh prudente: no te enfades
Si no asiste al desnudo su vestido.
Jorge Guillén, Vida extrema

 

Pero en ese silencio, en ese suspenso de la existencia surge la palabra que lo elige a uno y lo hace poeta. ¿Se busca la palabra? Más bien, si se tiene suerte, fortuna… y se es sincero, ella viene al encuentro.

El silencio tiene dos condiciones: es un tiempo-espacio en medio de infinitas relaciones, en medio de la fiesta; y, en esa multitud, hay Uno a quien podré contarle la experiencia y le podré leer el poema.

Otra vez Jorge Guillén:

Homenaje

Iba por un camino.
Sin voluntario influjo
De pronto sobrevino
–No lo buscó el poeta–
Y casual se produjo
La gracia de un hallazgo.
Inspiración, inquieta.

Je ne cherche pas. Je trouve.

«Yo no busco, yo encuentro.»
Algo surge por don
De un cielo ajeno dentro
De mí: la inspiración

Supere a nuestro mundo en caos
El orden de nuestra palabra
Firme para que se nos abra
La hora a más luz. Expresaos

Inspiración. Hallo cosas
Que no buscaba mi pluma.
Están ante mi conciencia
Que las ve. Todo se suma.

 

Así, el silencio es un diálogo, un acto psicoanalítico; es como la oración que emite el místico y que establece su encuentro con el Otro.

¿Cómo se acede al silencio? Antes de la percepción del silencio, antes de vivir el silencio como silencio, hay un momento de percepción pura, de absoluta y espontánea contemplación. Si se prolonga, este momento de contemplación puede llegar a percibirse como aburrimiento (aburrimiento profundo, desarrolló Heidegger). Es un momento único de renuncia, o mejor, uno queda privado del sometimiento al tiempo del otro, a las obligaciones ritualizadas, a la realidad que liga constriñendo. Liberado de apremios, es momento, como ocurre toda la vida, para recuperar el tiempo para sí mismo. En ese momento uno se vuelve el niño recién nacido que sólo escucha, escucha ritmos, no son aún palabras, pero escucha. Y las palabras empiezan a llegar, ponen nombres, proponen sentidos o traducen verbalmente el sinsentido. El momento del silencio habla con ritmo de música, dialoga, escucha.

Giorgio Agamben abre el capítulo sobre el aburrimiento profundo (Pág. 83. Lo abierto. El hombre y el animal. Pre-Textos) con el siguiente exergo de Giacomo Leopardi: “El aburrimiento es el deseo de felicidad dejado en estado puro.” En la página 91 del mismo libro, afirma que el hecho de experimentar el aburrimiento es el impulso a salir de uno mismo para tener existencia en el mundo. En ese instante uno se asume como “sencillamente un animal que ha aprendido a aburrirse…”, condición para entrar en el mundo de lo humano.

Toda la potencia para la creación, para una inclusión activa y lucida, está en este sentimiento de aburrimiento profundo al que se llega luego de un trabajo que resume bien Heidegger: “El pensar sólo empieza cuando nos percatamos que la razón es la más porfiada enemiga del pensar.” Suspensión de la razón, de la locura razonante, de la realidad razonada y razonable. Más allá de la realidad del principio del placer, diremos con Freud.

La experiencia del aburrimiento aparece entonces como el origen mítico del silencio. Es un momento puro donde la necesidad de que acuda algo queda postergada. Es importante respetar esta experiencia, no hacer ruido. Se trata también del momento ético fundamental en tanto que se está en el medio del deseo, ese puro deseo sin cualidad, sin contenido más que el deseo mismo. Y por lo tanto se está, como en los sueños, en un acto que simboliza en sí mismo la realización del deseo: de lo esencialmente humano, el desear. Este encuentro esencial es lo que permite la espera. Sólo espera. Sin esperanza, decía Levinas.

He aquí otro logro de la especie, el insomnio, primo hermano del aburrimiento. Esta vicisitud se relata de infinitas formas: “no he pegado ojo en toda la noche”, se comparte, pero sin más contenido que la propia experiencia del insomnio. Aquí sí que hay pura pregunta o pregunta pura, no contaminada aún.

Hay diferencia, experiencia de misterio, en el aburrimiento. Experiencia de enigma, propone el insomnio, porque éste requiere acierto, respuesta, desciframiento. También es espera que culmina en el amanecer (No amanece el cantor. J. A. Valente), que dura hasta que vuelva la luz y las imágenes, las representaciones, interrumpan la oportunidad del misterio.

Hay cuerpo y, sin embargo, no hay sufrimiento. Angustia quizá. Es un hervir de pulsiones en burbujas lentas, que nacen y explotan como burbujas de jabón. Es pura pulsión corporal que llama, sin quererlo, a la palabra, a la metáfora del cuerpo. Nombre feo, “pulsión de muerte”, o mejor pulsión y pura pulsión. La madre metaforiza el cuerpo del infantil sujeto en un “tienes hambre” y le da de comer creando un vínculo, nombrando una sensación, “hambre”. Crea ex nihilo en su prole un deseo de satisfacer a quien le ofrece tanta vida y existencia, siendo así la primera experiencia de amor. Se ha creado en este simple encuentro un gran y original poema épico. Un instante antes parecían movimientos biológicos, hormonas, adrenalinas, hipoglucemias; y de la nada la madre escuchó palabras, patrimonio único de los humanos, que han aprendido a aburrirse en la sabana y han inventado el mundo circundante.

La creación de la metáfora es deudora de la condición absoluta que propone el deseo, o mejor, el desear.

Cuando nací no hablaba, no sabía hablar, pero escuchaba, decía Hugo Mujica.

Se escucha ritmo, música, diálogo… Jean Sibelius decía que su Sexta Sinfonía era como fría agua de manantial. Es una sinfonía que, más que ninguna obra musical, hace escuchar el silencio. Se hace evidente que no se dirige al público, expectante de experimentar  pasiones, sino que se dirige hacia la intimidad del oyente. Alguien dijo que es una música que escucha. Sólo con la disolución del mundo se está en condiciones de escuchar esta música, que sólo al final complace al oyente.

El propio músico finlandés diría en 1943: “siempre me recuerda al perfume de las primeras nieves”. Figuras, notas del silencio.

En un blog dedicado a la obra de Sibelius, encuentro el siguiente comentario: “La enigmática, bellísima, etérea y mágica Sexta sinfonía opus 104 de Sibelius oculta grandes y hermosos secretos en la profundidad de su bosque nórdico inhabitado.” Subrayo el final del texto, aunque la palabra fuerte es “inhabitado”. Quizá puesta en acto del aburrimiento profundo, ritmo que sólo un cuerpo es capaz de escuchar.

Agobio no es angustia

Alguien decía que esta experiencia de exclusión de la realidad habitual, cotidiana, le produce agobio. Agobio, sensación de que las cosas entran o han entrado y no encuentran salida. Se acumulan por encima de las posibilidades de la persona. Podría ser que el agobio es originalmente angustia que no ha sido fertilizada, una angustia que no llegó a encontrar su argumento, su silencio. Inicialmente la sensación de agobio ¿será angustia que no es escuchada? ¿Será angustia sin metáfora, en la que no se escucha la música?

Armando Ingala, Madrid marzo de 2020

Ciencia-ficción

La ciencia poco a poco va contaminando a la cultura estableciendo costumbres que se presentan no como tales sino como conocimientos ya establecidos y ordenados. Quien escapa a las costumbres tendrá que hacérselo ver. Para la ciencia toda causa tiene su efecto, y esa relación puede técnicamente reproducirse cuantas veces uno quiera, por lo que forma parte de las generalizaciones.

Pero cuando se trata de la verdad, sólo se puede acceder a través de las narraciones personales como ficción literaria, donde se construirán las causas y se explicarán los efectos.

Por ejemplo, en la cultura suele saberse, casi científicamente,  y se exige como conducta normal, cómo se debe responder frente a la muerte de un ser querido. Pero lo que puede universalizarse es que cada persona tiene una reacción singularísima que responde, más que a modelos, a expresiones que vienen de la historia particular de cada Uno.

“El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo (el pueblo) de Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor.”

J.L. Borges Funes el memorioso

Madrid 2020

 

 

Homenaje a la falta, a lo que falta

El “viejo verde” es el viejo que reverdece, que                                                                        reconoce que empieza otra vida, y que por lo tanto,                                                       sabe que tiene toda la vida por delante.

J.L de Aranguren

Con el memorable “sólo sé que no sé nada” de Sócrates se inicia la promoción de la ignorancia sapiente como punto de partida de todo saber verdadero. La ignorancia socrática queda establecida como “un estado de apertura del alma frente al conocimiento”, y expresa al mismo tiempo un modo de alcanzar la verdad, puesto que se asume como natural y necesario el renunciar a todo conocimiento para acceder al saber verdadero, actual, cuyo destino será también temporal.

Esto fue retomado por San Agustín con su concepto de docta ignorancia como disposición ilustrada del alma a recibir la esencia de Dios. En una línea semejante, Juan de la Cruz basaba su sabiduría en la experiencia, el compromiso del cuerpo, el corazón, y plasmaba esta sabiduría, para ser enseñada en una lógica sistemática, en su poema “Subida al Monte Camelo”: “Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada… Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada…”. “Nada” es aquí la potencia de lo que advendrá en su lugar.

De todo esto se deduce que hay que acumular un saber importante para llegar a ignorar, lo que, con Gastón Bachelard, define al espíritu joven, dispuesto a trascender los propios límites y acceder a un novedoso –actual, presente– conocimiento.

Históricamente, la ignorancia docta culmina con Nicolás de Cusa en su tratado De docta ignorantia (La docta ignorancia. Ed. Aguilar), donde demuestra que saber es ignorar, puesto que todo saber comienza cuando una inteligencia “sana y libre” deja que emerja un impulso innato de curiosidad, que siempre aspira a la verdad, en un trayecto que realiza con placer amoroso. Así, termina afirmando que “la disposición al conocimiento será siempre superior a cualquier conocimiento.” Es el doctorado de la ignorancia.

Así como la ignorancia es un punto de partida del espíritu joven, también lo es el  aburrimiento, ya considerado por Heidegger como el impulso más importante para lanzarse a la vida. El aburrimiento es también el estado de apertura del espíritu a la imaginación creadora, a los vínculos trascendentes, no sin la mediación del fertilizante máximo con que cuenta el ser humano: el fenómeno de la angustia, bendecida ésta por una esperanzadora y serena depresión de las actividades del ánimo. Esta depresión es condición para que acudan los pensamiento verdaderos –Gedanken, decía Freud– o quizá ideas, o mejor ocurrencias, para diferenciarlos de las representaciones estables que se piensan como “pensamientos”.

Este importante y privilegiado momento lo vive intensamente el adolescente. La adolescencia no es sólo una edad, sino todo momento de falta, de desprendimiento de los vínculos a las cosas que sujetan, que en cierto momento inmovilizan, que en su día protegieron y acompañaron pero que ya no son más que una pesada carga… de esos vínculos, no obstante, se sigue dependiendo, sin afecto positivo ni negativo.  Todo ello hace que en los momentos adolescentes de la vida prepondere el aburrimiento profundo, como potencia hacia “otra cosa”.

Así como la ignorancia docta es el saber en estado de potencia máxima, el aburrimiento es el deseo de algo, de felicidad (Leopardi) en estado puro, algo no cualificado aún pero en período de presión máxima, de ebullición pasiva. Recordamos a Sartre en dos aforismos: uno, “la carencia es el motor pasivo de toda historia”, y el otro que alude a la potencia de la falta, según el cual “del pan se habla en la mesa cuando falta.”

A modo de conclusión provisional, dejamos una pregunta que, aunque se conozca la respuesta, no pierde potencia para convocar al pensamiento: ¿acaso el llanto de un niño recién nacido no es la máxima potencia del deseo humano, en estado puro, sin mácula, que comienza a adquirir cualidad, pero también condición y calidad de deseo vinculante por la acción de deseo de la madre?

Madrid, octubre de 2019

Armando Ingala Charlín

 

 

Algunas ideas prácticas para evitar “trastornos”

Madre

Corta la madre el cordón umbilical
mas no renuncia al vínculo.
Te empuja a la otredad
pero desesperadamente bebe en tu vida
pues en ella
terrible
y mutilada
su entraña
aún palpita.
¡Qué deuda irreparable la del hijo!

Y sin embargo, a veces, al pasar
la página del libro de los días,
se rasga, fiera, el vientre,
y te envuelve una vez más en su carne
para que no te pierdas,
para que no te mueras
solo,
como un náufrago abandonado al pánico
en el inmenso océano.

Clara Janés

 

La madre está ahí, incondicional, descifrando, presentando el mundo, nombrando, cuidando lo necesario y lo superfluo, lo casual, lo trivial, incluso lo inútil, y con todo ello se divierte, goza de que ello aparezca en sus hijos e hijas espontáneamente. Interviene la pareja o el padre, que sabe que es segundo, subordinado, beneficiario puro de lo que se ha gestado, e introduce la gratitud, las condiciones para el cuidado de la madre. Ella promovió el cuidado de los hijos e hijas sin condiciones; el padre hace aparecer en todas las relaciones condiciones para el cuidado de la madre.

Si no se la cuida puede morir, o puede llegar a retirar su cariño, que es lo mismo. Es necesario cuidar la vida, la existencia, la satisfacción y el goce de la madre, haciendo el sacrificio de ser feliz para ella (Borges dixit). 

Madrid

En el día de la madre

¡Dios mío! ¡Otro trastorno más! ¡Esta época va trastornar a todos los niños y niñas y a todos los psiquiatras y las psiquiatras!

La madre, vecina del barrio, me dijo que fue al psiquiatra por indicación del médico de cabecera, al que consultó porque no podía más con el niño: que era muy desobediente, que no hacía caso, que no la dejaba dormir por la noche… y que no podía más.

Era evidente que la pobre mujer estaba trastornada. Incluso tuvo que consultar en urgencias y le dijeron que tenía crisis de ansiedad, y que la causa era posiblemente el trastorno del niño.

El caso desbordaba al médico; por eso la mandó al psiquiatra. Se entiende, pobre médico… ¿Qué puede hacer? Tiene muchos casos parecidos y si no cuenta con el psiquiatra, puede llegar a trastornarse él mismo con tantos casos difíciles.

La mujer tuvo que dejar su trabajo para atender a los niños, por lo que el marido tuvo que incrementar sus horas de trabajo para compensar económicamente los gastos de la casa y de los niños. En casa, el padre no está muy presente que digamos, y cuando llega la noche, el pobre necesita descansar.

Así que la madre se las arregla como puede con los niños. El mayor tiene un Trastorno Negativista Desafiante, dijo el psiquiatra, y el menor está siguiendo el mismo camino. El pobre psiquiatra dijo que el “caso”  es grave, y que necesita un tratamiento intensivo que el Centro no puede darle, pues solo lo puede ver cada mes o mes y medio. Le dio una medicación, pero la pobre mujer ni lo consideró, pues le parecía que podía hacerle mal al niño; no le parecía tan grave como para darle pastillas.

La mujer, al borde de un nuevo ataque de nervios, fue a ver a una psicóloga que le recomendó una vecina. La vecina en su momento había consultado por su hija, que “se hacía cortes en los brazos”, y le había ido bien. Eso sí, tuvo que ir toda la familia a reuniones con la psicóloga, y dice que, además de dejar de hacerse cortes la hija, ella recuperó al marido. No explicó qué quiso decir con recuperó. ¿Lo habría perdido? ¿O nunca lo habría tenido?

El día de la madre pasó sin pena ni gloria para la familia con trastornos diversos, aunque fueron a comer a Plaza Éboli.

De la otra no tengo noticias.

Madrid, 5 de mayo de 2019

Nuestro primer psicoanalista

Es cierto que el tango, sus letras, eran la interpretación de la angustia existencial cotidiana que uno vivía simplemente por ser habitante de Buenos Aires; ciudad formada por una mezcla rara de arraigo telúrico y nostalgia transatlántica que se olía y penetraba hasta los huesos, en las calles y paseos.

Uno de ellos es: 

Cafetín de Buenos Aires

De chiquilín te miraba de afuera
Como a esas cosas que nunca se alcanzan…

…………………………………………….
Como una escuela de todas las cosas,
Ya de muchacho me diste entre asombros

El cigarrillo,
La fe en mis sueños
y una esperanza de amor…

………………………………………….
En tu mezcla milagrosa
De sabihondos y suicidas,
Yo aprendí filosofía, dados, timba
y la poesía cruel
De no pensar más en mí…
Me diste en oro un puñado de amigos,
Que son los mismos que alientan mis horas:
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Sobre tus mesas que nunca preguntan
Lloré una tarde el primer desengaño;
Nací a las penas,
Bebí mis años…

 Enrique Santos Discépolo / Mariano Mores

 

Nuestro ágora era el Bar Avenidas. Se llamaba así porque estaba en la Avenida San Martín haciendo esquina con Donato Álvarez. ¿Qué pasó realmente en el Bar Avenidas? Por las tardes, después del colegio secundario, y después del almuerzo, era lugar ritual y “obligado”, porque allí se actualizaban todos los acontecimientos: novedades de las carreras de caballos, alguna noticia de Argentinos Juniors, qué pasó en el colegio, los que fueron, y sobre todo los que no fueron ―algunos por necesidad, “no estudié”,  otros por solidaridad, “¡no! ¡Hoy no que estudié!”, pero no se podía dejar plantado a un amigo, había que ir―… y dónde fueron y qué pasó. También uno introducía comentarios políticos, muy enfáticos, pero abiertos a la discusión, hasta que la cosa se agotaba.

Compartir silencios era uno de los momentos más formativos. Sentados alrededor de la mesa y mirando hacia afuera podía, o no, surgir algún comentario sobre los viandantes o las paseantes. Los silencios eran muy importantes y respetados por todos, incluso por los que llegaban cuando la “dinámica de grupo” ya estaba organizada. Llegaban, pasaban por el mostrador, “José, ¿me ponés un café?”, recogían su bebida y se sentaban acoplándose activamente al silencio de todos.

De pronto, alguien podía tener una consideración intempestiva, que era escuchada, y alguno la comentaba aceptando el envite. Esto era un invitación a que el que tenía algo que decir, lo decía, pero los demás escuchaban, no se sabe si asintiendo, pensando, rebatiendo, pero se sabe que nunca dejaban de apreciar la reflexión.

Se hacían teorías filosóficas sobre el dinero (la guita), la incomprensible y sin embargo tan generalizada relación de pareja estable, se recuperaba la historia de alguno de los padres (uno italiano, otro alemán, otro español, otro argentino pero con antecedentes turcos, otro armenio). Los encuentros a horas no habituales, incuso por la noche tarde, eran signo de que algo muy íntimo pasaba, seguramente acompañado de depre, sentimiento que significa que estoy bajo y, por lo tanto, con poco que decir. Pues bien, siempre había alguien que acompañaba.

Ya de adulto me asombraron las Consideraciones Intempestivas de Nietzsche, las anotaciones como al margen de la obra de arte que el mismo Chillida escribía, y cada una de esas huellas me dejaban pensando. Me hicieron darme cuenta de que lo cotidiano es una sucesión de pequeñas obras de arte; de que a cada experiencia hay que agregarle una nota al margen, no solo para iluminar el hecho, sino también para no olvidar. Porque, como sucede en cualquier obra, sus comienzos parten de un sinsentido y terminan o en la papelera o en un relato por el que vale la pena vivir.

Pensando en necedades, me tropiezo con un niño. Parece serio, por lo que no le pregunto el nombre sino su edad. Me responde “8 años, ¿y usted?”, yo 29. Lo acepta como con naturalidad y a continuación dice que estuvo pensando que “cuando uno nace empieza a morir”. Me mira esperando algo… no se lo doy, simplemente escucho y muevo la cabeza evitando decir “¡qué cosa!… ¿cómo se le habrá ocurrido?… ¿se lo habrá dicho alguien?”. Sea como sea, en el cafetín, en el Bar Avenida hubiese agregado alguna consideración que seguramente se me habría ocurrido. Las ocurrencias son un signo de libertad, de estar en presente, de respuesta a algo que sorprende, y especialmente hace experimentar la certeza de que alguien las está escuchando.  

Recuerdo dos consideraciones de un muchachito de 9 años. Estando con los padres, jóvenes y en paro, le insiste la madre en que del colegio le reclaman que no está estudiando. El niño responde: “¿para qué voy a estudiar si después no hay trabajo?”. Un par de años atrás, el mismo jovencito se quejaba de que la maestra le mandaba como deberes  leer, y él reflexionaba: “¿para qué voy a leer en casa si ya sé leer?”.

Si alguien nos leyese a un Nietzsche que nos propone una consideración así, seguramente seguiríamos el dialogo con ese alguien a partir de nuestras ocurrencias, sin recurrir a lo ya pensado sino a ideas que se nos planteen a nosotros mismos, pues de lo que se trata es de aportar silencio o pensamientos verdaderos, actuales, libres de amarres.

Desde Madrid

Si no hay alguien… ¡Pues… tira eso a la basura!

-¿Por qué guardas todo eso?

-No creo que hoy día, o en un futuro, pueda haber alguien a quien le interese que un día yo compré un jarrón con figuras eróticas en Grecia y que, luego, se rompió; ni que le importe con qué intención o sin ella lo compré…

Así que, a falta de alguien a quien contar mis pequeñas historias, las guardo, no en mi memoria, porque seguro que ya las habría olvidado, sino en los pequeños fragmentos que quedan. También podría ser que, por casualidad, encuentre el resguardo del jarrón, que me hará recordar que mi vida tuvo momentos interesantes.

Madrid, agosto de 2019

El tío Martín, soltero y calavera

Cuando llega, ni pizca de seducción. Su presencia es agradable. Da la impresión, que se confirma cuando comparte alegrías, de que es un tipo satisfecho con su vida. No exige protagonismo, pero se lo gana por su modo de compartir. Su presencia me hace sentir protagonista, tengo el sentimiento de estar presente, en presente. Tengo la certeza de estar con los otros, y al mismo tiempo de ser yo mismo.

No lo espero, pero cuando llega promueve alegría. No lo echo de menos, lo quiero mucho, pero su ausencia no es carencia, es presencia futura. ¿Será que no genera dependencia? Con mi novia sí tengo una dependencia maravillosa, la echo de menos, incluso cuando estamos juntos con amigos o en el cine.

Pero con el tío Martín…

Buenos Aires, febrero de 2003